El ex gobernador Mario Villanueva, con 7 años fue víctima igual que Chetumal de los destrozos del huracán Janet. Así lo relata

in Chetumal

A 65 años del huracán “Janet”: El ex gobernador Mario Villanueva tenía 7 años de edad cuando llegó el poderoso meteoro a destruir Chetumal. Este es su relato.

DEL EXGOBERNADOR MARIO VILLANUEVA
ALGUNOS RECUERDOS SOBRE EL CICLÓN JANETH.

Janeth, ciclón Janeth, tan terrible que fuiste, terriblemente nos heriste, pero nos enseñaste, que la adversidad puede vencerse, si hay voluntad, si por sobre todas las cosas, la mente está dispuesta a luchar …

Una mujer, gran amiga mía, que quiero mucho, me envió hoy algunas fotos de la destrucción causada por el ciclón Janeth, y al verlas me trajo los recuerdos de aquellos terribles momentos vividos cuando apenas era un niño.

Un niño de siete años, que sólo podía percibir lo que sus padres expresaban, mi padre escéptico, con ese escepticismo del hombre fuerte de campo que por sentir que ha vivido momentos duros de la naturaleza, llegó a creer que no pasaría nada si nos quedábamos en casa … porque nos dijo que cuando menos ya había pasado varios ciclones … y nada que lamentar, mas que la pérdida de las cosechas.

Vivíamos en la calle Cinco de Mayo, en la zona baja, … el ciclón empezando, mi madre preocupada, sintiendo aquello que viene y que seguramente nos haría daño, percibiéndolo con ese sexto sentido de mujer, y de madre … Neto, le decía a mi padre, vámonos para la parte alta.

Y Neto, hombre duro, formado en el campo, como muchos otros chetumaleños acostumbrados al sol y a las lluvias de temporal, que jamás hubieran imaginado el resultado del abrazo del mar a la tierra…
casi llegó a la necedad, … no Tony, aquí nos quedamos, no pasará nada, y nosotros, mis hermanas, mi hermano y yo, con miedo, pero confiando en la seguridad del padre, aunque preocupados porque la madre demostraba inseguridad.

En eso estábamos cuando anocheció, el airé rugía, se oían tan fuertes sus “latidos” eran tan terribles los ruidos del viento, que infundía miedo, … así estábamos, viéndonos unos a otros, en la frágil casa de madera, mi madre repitiendo: vámonos Neto … cuando se oye un enorme estrépito: nos asomamos por las rendijas de la casa de madera … y vimos el gran roble de enfrente de la casa, caído hacia la calle … bueno fue que no nos cayó encima.

Entonces mi padre absorbió el problema en toda su dimensión y dijo: “´vámonos Tony”. Así le decía a mi mamá, que se llamaba Antonia.

Y, ¿a dónde vamos? Con mi hermano Pedro dijo mi madre, en la parte alta del cerro, por ahí donde está la calle Primo de Verdad. Mi tío, el papá de mi prima Eloísa, la de la tienda Lolis, papá de la Güera, de mi otra prima Elsa que tiene su estética, de Lolys, .. en fin, fueron varios kilómetros caminando entre el temporal, empujados por el inclemente viento, … gacho, en verdad, tan gacho, que si mi mamá y mi papá no nos tuvieran agarrados tan fuertemente de las manos, nos hubiéramos perdido, hubiéramos muerto, porque no sólo era el aire tan fuerte de un ciclón de más del nivel cinco de categoría, sino que venía del sureste el viento y traía toda el agua de la bahía sobre Chetumal, como una barredora empeñada en limpiar todo aquello que fuimos juntando durante años en lo material … y en nuestras almas.

Al fin llegamos al refugio, la casa de mi tío, ocupada por mucha gente, así que a tirarse en un rincón de la cocina, en el piso de tierra, porque así era, … y sale mi papá en la noche a auxiliar gente, y al rato lo regresan y lo tiran en el piso sangrando, una lámina de zinc, de las que se usaban en los techos, llegó volando con el viento y casi le corta la pierna … lo recuerdo tirado en el suelo, impávido, sin quejarse, la sangre haciendo un charco con el agua, y a esperar las horas hasta que el ciclón pase.

Amaneció, y las rachas del viento ya eran más ligeras, y vámonos al hospital, directo al hospital Morelos, llevan a mi papá casi inconsciente por tanta pérdida de sangre, lo acuestan en una cama, y ahí se queda esperando que lo atiendan.
Al otro día con mi mamá vamos a la casa, todo inundado, alrededor todos es destrucción, pero nos vamos sobre la inundación porque mi mamá aspira a recuperar algo … nada, todo se lo llevó el mar que vino desde la bahía rugiendo con enormes olas, que se tragaron todo

… sólo queda el piso, todo lo demás voló, el piso estaba sobre pilotes, como se estilaba en Belice, pero ya no queda nada, vienen a mi mente los recuerdos de unas gallinas nadando, tratando de no ahogarse.

Y vámonos al hospital, mi madre que siempre se distinguía por su espíritu de servicio, por ayudar a los demás desinteresadamente, se dedica en cuerpo y alma a apoyar, lo mismo de auxiliar de enfermera, a ayudar en la cocina, de afanadora limpiando pisos y baños en lo que le ayudamos en lo que podemos… en fin, gracias a eso tenemos alimento, de lo que se cocina nos dan un poquito … y ahí me nació ese enorme gusto por los frijoles negros refritos, casi sólo eso había.

Y como niño curioso, ando por todos lados del hospital, hasta llegar al cuarto donde guardan a los muertos, un hedor terrible … ver a los muertos era una cosa, pero sentir ese olor de la carne humana en descomposición, era algo tremendo, inconcebible para mí, todavía tengo esa sensación en la nariz cuando me viene el recuerdo, y trato de comprender a los médicos forenses que tratan con los muertos.

Y el niño curioso va a ver la fosa común, un enorme agujero donde están diariamente tirando los muertos, ni quien se ocupe de mí, y yo grabando en mi mente tan gachos recuerdos.

En fin, nos quedamos en la miseria, el próspero rancho destrozado y abandonado, mi padre incapacitado por dos años, mi madre trabajando de voluntaria en el hospital, a cambio de nuestra comida, y luego la gran posibilidad de tener vivienda cuando construyeron las casitas, esas pequeñas casas de madera que nos costarían cuatro mil pesos, a pagar después, porque no eran gratis, al paso del tiempo, cuando las tuvimos que pagar, sólo pude pensar; pinche gobierno, nunca pierdes, si se trataba de ayudar cuando el ciclón nos dejó todos jodidos, cuando menos hubieras hecho el esfuerzo de ayudar en serio, pinche gobierno, no cambias.

Bueno, mucho más podría contar, pero lo más importante, es que Janeth nos enseñó a luchar, nos dio la gran lección de tener la capacidad de salir del peor agujero para recuperarnos, reconstruir nuestra ciudad, y reconstruirnos a nosotros mismos.

Cuando decidimos Picho Azueta y yo construir el parque “Renacimiento”, ambos nos alegramos de que nuestros recuerdos se pudieran plasmar en un monumento, no recuerdos a nuestra desdicha, eso jamás, un monumento a la capacidad del ser humano de vencer la dificultad, a la capacidad del Chetumaleño de demostrar que en verdad es de buena madera.

Una última.
Además de enseñarme a luchar por la superación, el ciclón Janet me dejó otra imborrable huella, pero esta física: días antes, jugando con otros niños, la vecina Doña Gláfira nos invitó unas sodas bien heladas, al tomarla, automáticamente se me paralizó la mitad de la cara, fácil de curar, pero llegó Janeth y ya no hubo chance, y así me quedé, hasta que años después, “cuando hubo modo” como se decía entonces, es decir, cuando hubo un poquito de dinero para viajar a Mérida a ver a un doctor … el diagnóstico fue, que ya no había remedio, porque los nervios habían muerto”

Así que Janet trajo un sinnúmero de difuntos, muchas personas murieron, pero también fueron difuntos mis nervios … los de mi rostro, … y los que aprendí a controlar para superar la adversidad.

Perdón por distraerles con estas anécdotas, me dieron ganas de contarlas. Muy poca gente ahora está viva, de los que vivieron y después sobrevivieron la tragedia, es el aniversario, y pensé que valía la pena … porque además, siempre es posible otro Janeth, con enormes vientos y mar, pero también de otra manera …

Les mando un abrazo con mucho cariño.

Su amigo Mario Villanueva

 

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